La disputa por Chihuahua no esperó a los tiempos oficiales del Instituto Nacional Electoral. En el estado grande ya se instaló el primer laboratorio político rumbo a las elecciones de 2027, y los bandos han comenzado a mover sus piezas. Morena huele sangre y ha lanzado una agresiva contraofensiva territorial escudada bajo el lema de la «defensa de la soberanía», mientras que el bloque opositor parece no asimilar que el reloj ya está en su contra. Chihuahua no es una entidad más en el mapa; es la joya de la corona que le queda al panismo, y el oficialismo va por ella con toda la maquinaria.
El avance del partido en el poder en las encuestas locales no se explica únicamente por su innegable despliegue territorial, sino por el evidente vacío estratégico de sus adversarios. En la capital del país, la cúpula nacional del PAN, comandada por Jorge Romero, brilla por su ausencia. Han dejado a la gobernadora Maru Campos sola en la trinchera, obligándola a operar sin el escudo político de su partido frente a la embestida federal. En los códigos del poder, dejar a una mandataria estatal colgada de la brocha es el equivalente a entregar la plaza antes de que se impriman las boletas.
La narrativa de Morena en la entidad no da paso sin huarache. Al enarbolar el discurso de la soberanía y el riesgo de intervenciones externas, el oficialismo está reciclando el viejo manual del PRI de 1986, cuando desde Bucareli se intentó frenar la ola azul en el norte argumentando que la CIA estaba detrás de la oposición. Hoy, la estructura guinda utiliza esa misma táctica para cohesionar a sus bases, asfixiando mediática y políticamente a un gobierno estatal que enfrenta el natural desgaste del ejercicio del poder y la desconexión con su centro.
Con el proceso interno de Morena a punto de arrancar a finales de junio para definir a los perfiles de 17 estados, las tribus locales en Chihuahua ya negocian sus cuotas. La movilización no responde a un súbito fervor democrático, sino a un cálculo pragmático: hay que golpear donde el adversario expone sus fisuras. Saben que, si logran arrebatar el estado, no solo ganan presupuesto y territorio, sino que le cortan una arteria vital al conservadurismo nacional.
Quienes desde las oficinas de Acción Nacional en la Ciudad de México apuestan a que Chihuahua se mantendrá azul por inercia histórica, sufren de una miopía terminal. La caída de este bastión no sería una simple derrota estadística; representaría el desmantelamiento de la última gran trinchera estructural de la oposición. Morena no está jugando a competir, está jugando a extinguir. Si el PAN no articula una defensa real e inmediata de su gobernadora, el 2027 habrá quedado sentenciado en el 2026.
Aurelio Rivas Montenegro